Manchados de barro

Mucho antes de Usain Bolt, Jamaica ya sabía lo que eran las leyendas y es que Merlene Ottey, en el momento en el que empezó a correr, decidió no parar.

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Merlene Ottey durante los años en los que representó a Jamaica

Podríamos hablar de las numerosas medallas, de los Juegos Olímpicos, de los mundiales, de las marcas increíbles de mujer veloz,  porque a fin de cuentas, todo lo que rodea a Ottey es sorprendente.

Era arrogante y soberbia en todo lo que hacía y todo lo que decía, y es por eso que todos los que no la admiraban, estaban completamente en su contra.

En 1999, Merlene estaba en boca de todos, tenía 39 años y seguía al pie del cañón, dispuesta a batir a Marion Jones y a todas las que en un principio sonaban como favoritas. Pero aquel año, llegó también la mancha más grande de su expediente de la mano de la droga de moda en el deporte de los 90, la nandrolona.

Su positivo en el control antidoping hizo que se retirara justo antes del Mundial de Sevilla, y se puso a luchar por su inocencia, ella y su Jamaica natal, a la que la noticia había dejado incrédula.

Aunque pronto, el país que tanto la admiraba y quería porque suponía un puesto seguro en el medallero, le dio la espalda por estas razones que se escapan a la ética deportiva.

Al final, se le retiró la sanción por no encontrar pruebas concluyentes sobre aquellas victorias con trampa a pesar de que muchos piensan que sí las había. Y aún así, la arrogante Ottey, le devolvió el golpe a Jamaica, nacionalizándose eslovena.

Puede que tenga que agradecer a la cabezonería de esta atleta el haber podido verla correr en el europeo de Helsinki 2012 con sus 52 años.

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Merlene Ottey corriendo el 4×100 en el Europeo de Helsinki 2012

Hoy en día el mundo del deporte y el mundo de la medicina deportiva no son igual que en los años noventa. Antes los atletas, los deportistas, confiaban ciegamente en sus médicos y en todas las decisiones que tomaban aunque no fueran las acertadas. Sobre todo porque no se conocían los efectos principales del dopaje.

El avance ha hecho que los controles sean mucho más exhaustivos y exigentes, bajo mi punto de vista no tanto por el bienestar de los deportistas sino por mantener una impecabilidad un poco surrealista dentro del mundillo. Pero la otra cara de este avance es la de sintetizar sustancias o encontrar métodos que los controles no puedan detectar.

Tener “sangre de barro” como es conocido en el mundo del deporte, es el resultado de doparse usando “el cocktail”, una mezcla de EPO, hormona del crecimiento y testosterona que hace que aumente el nivel de glóbulos rojos y la sangre se espese.

Si la sangre está más espesa, hay mayor probabilidad de sufrir coágulos y es por esto por lo que se producen muchas de las muertes súbitas del deporte. Por la noche por ejemplo, el corazón bombea con menos fuerza porque el cuerpo no necesita tanta energía cuando estamos durmiendo y si combinamos una sístole y diástole más débil con sangre que ya no es sangre, sino barro, el resultado es mortal.

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Javier Sotomayor, plusmarquista y récord mundial en salto de altura fue investigado dos veces por dopaje.

Si esto se sabe, si somos conscientes de que ponemos nuestra vida en una cuerda que se suspende entre dos rascacielos, ¿por qué sigue existiendo el doping?

El deporte es cada vez más exigente, al fin y al cabo es ir batiendo récords. Las carreras de velocidad ya no consisten en llegar a la meta sino en hacerlo el primero y con la mejor marca de tu vida. Y el tour de Francia no se trata de superar etapas sino de aguantar un gran esfuerzo físico y ser constante y rápido. Entrenamiento tras entrenamiento, están llevando su cuerpo al límite, olvidándose del dolor y del sufrimiento y pensando simplemente en lo que supone ganar. Y quizá hay un punto en el que el cuerpo no da más, y es muy duro saber que cuando llegas ahí no puedes ganar.

La sociedad en la que vivimos presiona al deportista a ser el mejor siempre, y cuando no lo es, se le critica y casi se le destierra. Vivimos por y para la victoria y en nuestro discurso hablamos de la deportividad y del deporte limpio pero sin querer, entre líneas, se puede ver el triunfo a cualquier precio.

No es fácil superar la presión, y es por eso por lo que muchos optan por la vía fácil, por querer mejorar sin sufrir, por querer avanzar a pasos agigantados, como el  niño que quiere saber resolver el problema de matemáticas sin haber casi leído el enunciado.

Pero la presión no es solo externa, al mismo tiempo el nivel de autoexigencia general de los atletas ha aumentado.

Muchos deportistas lo hacen bien, sólo se fijan en ellos mismos y su orientación es a conseguir sus propias metas, a mejorar día a día dentro de sus posibilidades. El problema llega cuando un deportista no quiere ser mejor que sí mismo sino mejor que los demás.

Siempre tiene que existir el componente de competitividad para que los encuentros deportivos se lleven a cabo, pero cuando el talento y el esfuerzo no son suficientes para ser mejor que tu rival, el camino fácil es darle la mano al doping.

No todos los deportistas que sufren presión se dopan, ni todos los extremadamente autoexigentes. La diferencia recae en los factores de personalidad de unos y de otros.

Voy a volver a repetir que Merlene Ottey era arrogante y soberbia. Me atrevo a hipotetizar incluso que estaba enamorada de sí misma y de sus logros y que si no se retiró cuando era lógico  hacerlo, es porque quería seguir siendo la mejor, por encima de las demás.

Yo sí soy de las que piensa que Merlene Ottey se dopó, porque era la puerta para convertirse en leyenda, para hacer historia y ser recordada como aquella velocista de 39 años que venció a las niñas que empezaban a despuntar.

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Marion Jones, rival a batir de Ottey, confesó en 2007 haberse dopado y se le retiraron las medallas olímpicas.

El precio del éxito no debería de ser tan alto para un deportista. Se trata de saber manejar todas las variables que se ponen en juego, de mantener tu autoestima dónde tiene que estar, de confiar en ti y que las personas que te rodean también lo hagan.

El éxito es perseverancia y no caer en el juego de la frustración ni en los sentimientos que se asocian a la derrota y a la decepción.

El éxito es aprender no solo a controlar las fibras musculares sino a no tener agujetas emocionales ni los pensamientos atrofiados.

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