¿Y si lo dejamos?

Alto rendimiento es llevar tu cuerpo al límite, y parece que sólo nos enseñan los récords, las medallas y los ramos de flores que en realidad esconden el dolor y el sabor amargo de la vida de un deportista.

Se basa en una práctica deliberada  a la que tienes que derivar todos tus esfuerzos, toda tu atención y dolores de cabeza por ese contexto que has buscado y en el que quieres vivir.

El deporte duele, sufres, está lleno de temblores, de mareos, bajadas y subidas de tensión y aún así, no lo dejas.

“Tengo miedo a hacerme daño, ¿por qué no lo dejo?” 

Cuando Jorge Lorenzo acabó 12+1 en Assen teniendo la moto a punto y los neumáticos perfectos, se bajó de la moto e hizo lo que nunca antes un piloto había hecho, reconocer que había tenido miedo. Y es que la temporada anterior, en ese mismo circuito,  se rompió la clavícula. Le daba tanto pánico volver a caerse que cada vez que pasaba por aquella curva, le venían flashes de la caída.

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Caída de Jorge Lorenzo en Holanda, 2014.

Lo que por un momento sorprendió a todos, ya se había repetido años atrás. Siendo “rookie” en el mundial de MotoGP, arrogante (como ahora) pero más que nada para cubrir su timidez y forzando una excesiva autoconfianza, vivió caída tras caída hasta que en el circuito catalán llegó la peor, con pérdida de conocimiento incluida.

Y fue ahí, cuando por primera vez dijo que no quería caerse más, que no se quería hacer más daño y se planteó si todo aquello merecía la pena o era mejor dejarlo.

La explicación que él mismo da sobre el por qué no, es que cuando tenía 14 años y sufrió la peor de todas las caídas de su trayectoria, no lo dejó y si no lo dejó entonces, no iba a hacerlo ahora.

La vida de Jorge Lorenzo siempre ha estado dedicada a las motos, su padre adaptó completamente todo lo que había a su alrededor para que fuera lo único que le importase. Dejó de estudiar, se cambió de ciudad y empezó a ser un adulto cuando ni siquiera tenía el carnet de conducir.

Y si la única vida que has conocido es la del piloto de motos, está claro que no la vas a dejar.


“Me duele más de lo que disfruto, lo dejo”

El día que nos pusimos a ver las competiciones de gimnasia deportiva de Londres 2012 en la televisión, mi padre me contó cómo cuando él estudiaba INEF, veía a las chicas del equipo de gimnasia salir llorando de todos los entrenamientos. Y en ese momento, no pensé más allá de la dureza de un entrenador que luego vi metido en polémicas de otro tipo.

La verdad es que muchas veces los entrenadores se aferran a un estilo casi militar de exigencia y dureza porque creen que en el deporte la disciplina física y técnica lo es todo, sin darse cuenta que no se trata ni siquiera de un 50-50 entre la mente y el cuerpo, sino que cuando llegas al máximo nivel, con lo que se compite es con la cabeza.

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Anna Tarrés con las chicas de sincronizada.

El caso quizá más sonado es la denuncia pública que el equipo de natación sincronizada hizo a su ex entrenadora Anna Tarrés, tachando de vejaciones todos y cada uno de los tratos que les proporcionaba, con frases duras, ridículas e insultantes que ninguna persona se merece (y los deportistas es lo que son).

Pero en realidad, cuando hablamos de disciplinas como la gimnasia, individualistas, sacrificadas, es muy fácil encontrarse casos así.

Aquellos Juegos Olímpicos, fueron los del dominio del equipo femenino de gimnasia artística de Estados Unidos, las Fierce Five. Aly Raisman, Kyla Ross, Jordyn Wieber, McKayla Maroney y una tal Gabby Douglas que no sólo contribuyó al oro por equipos sino que consiguió la mejor puntuación en el completo individual. Una niña de 16 años que prácticamente hizo todos los ejercicios perfectos y se convirtió en un reclamo para los estadounidenses tan dedicados a la parafernalia.

Su historia es la perfecta para hablar de lo bonito que es el deporte y lo que merece la pena todos los sacrificios que hay que hacer. Una niña que desde que no levantaba un palmo del suelo hacía las ruedas laterales completamente impecables, que se empeñó en convertirse en gimnasta profesional y cuando vio al entrenador perfecto, por la tele, en los Juegos de Pekín, no paró hasta que no consiguió convencer a su madre de que tenía que estar bajo su disciplina, aunque eso implicase mudarse a kilómetros de su casa y ser acogida por una familia desconocida.

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Las Fierce Five (de izquierda a derecha): Mckyla Maroney, Kyla Ross, Aly Raisman, Gabby Douglas y Jordyn Wieber. 

Dentro de aquel equipo, en aquellos juegos, también con 16 años, McKayla Maroney, una vez más, clavó un salto espectacular y se llevó la medalla de plata individual. En un plazo de dos años se convirtió en medallista olímpica y campeona mundial, para ahora, retirarse de la competición.

Y es que lo que nadie sabía de McKayla es que tanto entrenamiento exhaustivo le pasó factura y ya en su primer día en suelo londinense, tenía el pie completamente destrozado y  aún así, siguió para delante. Puede que porque muchas veces los deportistas de élite tienen la sensación de que si no les duele nada es que no lo están haciendo bien.

Ahora, Maroney, se ha vuelto, entre otras cosas, una de las más críticas con el sistema deportivo de Estados Unidos y las duras pruebas y concentraciones que tienen que pasar las gimnastas para entrar en el equipo olímpico. Por ejemplo, ella no podía hablar con sus compañeras o escuchar música porque consideraban que era desconcentrarse.

Ha sufrido lesión tras lesión por la dureza de la forma de trabajo de sus entrenadores y es la primera en decir que echaba en falta el apoyo emocional por parte de estos.

Tras someterse a cirugía por la rotura de tibia que sufrió en el tour de la victoria que les montaron después de los juegos, los dolores no cesaron pero ella los justificaba con su cansancio mental, hasta que no tuvo más remedio que pasar por nuevas pruebas que revelaron que su sangre no estaba circulando bien y tenía que entrar otra vez en el quirófano.

Con la nueva intervención llegó el declive. Los resultados no llegaban y sus entrenadores se escudaban en achacarlos al aumento de peso de McKayla, una McKayla que cayó en la depresión, los problemas de ansiedad y la falta de autoestima.

Un día fue a entrenar y tuvo que estar tres días metida en la cama por puro agotamiento y fue cuando se dio cuenta que lo que sentía por la gimnasia ya no era más fuerte que el dolor y el sufrimiento.

Todavía había muchas cosas que quería conseguir en su carrera deportiva, quería dominar todos los ejercicios, pero decidió dejar de competir.

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Maroney tocando el suelo tras hacer el salto perfecto. 

El deporte de alto rendimiento te prepara para competir, para ganar, para conseguir metas cada vez más ambiciosas. Vives en una burbuja equipada con todo lo necesario para triunfar en la élite, pero nadie te enseña que un día todo eso se acaba, que las emociones y los pensamientos son los que de verdad necesitan un contexto especial.

Nadie enseña a los deportistas cuándo retirarse y cómo afrontar la vida después del deporte, por eso muchos se empeñan en seguir más de lo que deberían, sin escuchar el dolor, sin pensar en las emociones, acercándose a métodos ilegales para proteger la autoestima del campeón.

Tenemos que educar a nuestros deportistas más allá de los aspectos que les llevarán a un 10 en ejecución y así,  por lo menos, el deporte no dolerá tanto, ni sabrá tan amargo.  

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