En busca de mi máximo rival

Me hubiese gustado ser como esa Lindsey Vonn ganadora y colgarme una medalla de oro del cuello en los Juegos de Invierno de Vancouver por bajar a toda velocidad entre dos líneas azules pintadas sobre la nieve. Quizá por eso entiendo lo que sintió Eddie Edwards cuando vio por primera vez un salto de esquí y soñó con ser deportista olímpico.

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Eddie Edwards consiguió clasificarse para los Juegos de Invierno de Calgary 88 y a pesar de tener a todo el comité olímpico en contra (sentían vergüenza), acabó metiéndose al público y la prensa en el bolsillo.

La historia de Eddie es de esas que tienes claro que van a protagonizar una película y puede ser que la mayor parte del largometraje no sea más que sensacionalismo magnificado que nunca llegó a ocurrir tal y como lo han contado, pero es una buena oportunidad para hablar de perseverancia y motivación. Michael ‘Eddie’ Edwards era una persona normal con el sueño de competir en unos Juegos Olímpicos, un sueño que para el resto de la gente, teniendo en cuenta sus capacidades físicas, era imposible, pero al que él se negaba a renunciar.

Y es que cuando tienes como propósito triunfar haciendo algo, aunque sea simplemente por el placer de haberlo hecho, el primer paso es el compromiso. Si no estás comprometido deliberadamente con lo que vas a hacer, olvídate y dedícate a otra cosa porque lo único que vas a hacer es perder el tiempo.

Una vez en una clase me explicaron cuáles eran los tres procesos fundamentales para conseguir comprometerte con una tarea y aún no se me han ido de la cabeza. Lo primero es tener claro tus valores y motivos, por qué realizar la actividad es importante para mí, qué me empuja hacia ella o si por el contrario no hay nada por lo que quiera conseguir ese objetivo. Es, en otras palabras, diferenciar entre si mi motivación es intrínseca o extrínseca (lo típico de saber si estudio para aprender o porque me han prometido el FIFA17). En el caso de Eddie, casi no cabe ni plantearse la duda: toda su motivación era intrínseca, venía de él y de su necesidad por ser olímpico y nadie a su alrededor daba ni un duro por él, incluso el comité olímpico británico subió la marca mínima de clasificación con la intención de dejarle fuera de la competición.

El segundo paso gira en torno al saber, querer y poder. Una serie de elementos cognitivos que me dan información sobre cómo me siento con respecto al objetivo que me he marcado. Si tengo expectativas de éxito, si creo que el resultado depende exclusivamente de mi rendimiento, si tengo los recursos necesarios para conseguirlo… y por alguna razón, aunque los saltadores de esquí empiezan básicamente a los 7 años y Eddie no tenía ningún dato previo de éxito, se veía completamente competente para conseguir el objetivo que se había marcado, y saltar no solo desde la plataforma de 40 metros, sino también de la de 90.

Y por último, la forma en que enfrentamos la tarea, es decir, la orientación de la meta. Se habla de una dualidad entre aquellas personas que están orientadas hacia la maestría o por el contrario hacia la competitividad. Los primeros, orientados a la maestría, al aprendizaje o a la tarea, solo buscan superarse a sí mismos, ser mejores de lo que ya son, aprender. Son esos deportistas que van a una competición simplemente para mejorar su marca personal, para hacer season best o como Eddie Edwards, los que saltan desde una plataforma para alcanzar un número y clasificarse y no ganar a todos los demás. Por el contrario, los orientados a la competitividad, a la ejecución o al ego, se guían por la comparación social, quieren ser mejor que los demás, van mirando constantemente hacia atrás para ver dónde va su rival y evitan a toda costa el fracaso.

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Uno de los personajes de “Eddie The Eagle” en un momento de clara demostración de orientación a la maestría

Es verdad que si todo tu esfuerzo lo empleas en evitar el fracaso, acabas planteándote retos que son relativamente fáciles para ti porque lo único que necesitas es no hacer el ridículo y ser mejor que alguien, aunque ese alguien esté muy por debajo de ti. Seguro que esa es la razón por la que Serguei Bubka subía casi de medio en medio la altura del listón en el salto de pértiga y rompía una y otra vez su récord o por lo que Ángel Nieto nunca subió a la máxima categoría y se quedó ganando 12+1 veces en 125cc.

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Bubka antes de una competición

En el mundo ideal del deporte se promueve la maestría, escuchamos discursos enfocados al rendimiento personal del deportista, ninguno de ellos parece prestar atención a los altibajos de los rivales, solo buscan sumar sus tres puntos y lo que haga el segundo clasificado no les importa. A todos nos gustan las historias de superación personal, caerse y remontar, superar tus marcas, creemos en “lo importante es participar”, la implicación emocional y el mayor disfrute que te produce simplemente preocuparte por ti, pero en realidad, los eventos deportivos tal y como se plantean, son eso: competiciones. Y yo no sé hasta qué punto es posible ser deportista de élite simplemente mirando tus marcas.

Si los deportistas solo estuvieran enfocados a la maestría, no escucharíamos declaraciones como las de Mireia Belmonte después de quedarse fuera del podio en 800 libres: “con una marca peor fui plata en Londres, esto demuestra lo rápido que avanza la natación”. Y estoy segura, que detrás del “ahora soy inmortal” de Usain Bolt después de hacer el triple-triple (Pekín-Londres-Rio) no estaba solo el superarse a sí mismo sino convertirse en el mejor velocista de todos los tiempos de manera oficial.

Yo creo que la orientación a metas es un continuo con dos extremos, cada uno de esos dos está reflejado en la actuación de un deportista y la clave es saber hacia qué lado de la balanza te inclinas. Cuando Lindsey Vonn (ese nombre que solté en la primera línea) volvió después de lesionarse por segunda vez consecutiva y perderse los juegos de Sochi 2014, no estaba solo motivada por la pasión por su deporte y las ganas de autosuperarse. Lindsey ya era considerada la mejor esquiadora estadounidense de todos los tiempos y cuando ya te llaman así, además de demostrártelo a ti misma, también quieres demostrárselo a los demás.

No estoy diciendo que un ciclista que ha hecho vigésimo en la clasificación del tour de Francia no esté por las nubes después de hacer decimonoveno el año siguiente, pero seguro que le da rabia haber quedado por detrás del decimoctavo. No tengo ninguna duda de que el deporte es cuestión de superarse a uno mismo y entrenarse, pero sin la picardía de la competitividad, nada tendría sentido.

Así que quizá, el deporte de élite se trata de un porcentaje de maestría y otro de ego.

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  • Película: “Eddie the eagle” (no prometo que sea un peliculón)
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