Soy autoexigente

No vales para esto.

No lo estás haciendo bien.

Lo deberías de hacer mejor.

Respiro. Y justo después del soplido viene un “ya”.

Sí puedes con esto.

Sí puedes con todo.

Cuando tenía 10 años ya esquiaba en paralelo. Tampoco perfecto, pero por aquel entonces ya era autoexigente y al bajar las pistas detrás de mi padre, en vez de mirar hacia la pendiente, no perdía de vista sus esquís para imitar los movimientos que él hacía.

Quería hacerlo igual de impecable.

Cuando tenía 10 años, me quedé parada en mitad de una pista, bloqueada. No era una pista difícil y tampoco era la primera vez que la bajaba. No estaba cansada ni me dolía nada. No hacía malo y era un año de esos en los que sí hay mucha nieve en enero.

Y sin embargo, mi cabeza dijo que no quería seguir bajando.

Creo que ese día sentí pánico por primera vez. Pero no me daba miedo caerme ni hacerme daño, para eso siempre he ido por la vida un poco sin frenos, simplemente me dio miedo no estar a la altura de los estándares que yo sola me había marcado. La presión venía de mí, de ningún sitio más.

A partir de ese momento a mi padre le tocó hacer una intervención acelerada sobre mi confianza. Y con paciencia me consiguió bajar como quien baja a un novato que se ha metido en una pista negra.

Hay días de mi vida lejos de las montañas en los que se me viene esa pista a la cabeza. Y me siento exactamente igual que aquel momento.

Sigo siendo igual de autoexigente. Nunca es suficiente cuando se trata de las cosas que me apasionan. Pero he descubierto que la autoexigencia también es patológica y que hay veces en las que la satisfacción de haber hecho algo bien me dura un segundo y sobreanalizo las situaciones, descartando todos los detalles hasta quedarme solo con los “peros”.

Aún me pasa cuando esquío. Me pasa cuando escribo. Y me pasa cuando intento ser psicóloga deportiva.

Me pasa. Me está pasando. Esta autoexigencia me lleva a la parálisis por análisis. Y estoy intentando aplicarme el cuento y no ser la viva imagen de “en casa del herrero cuchillo de palo”.

Llevo un tiempo practicando parada de pensamiento, cortando mis pensamientos negativos y atacándolos con otros positivos, llevando el autodiálogo a mis rutinas. Visualizando, desde mis metas hasta las situaciones que me van a llevar a ellas y como forma de relajación para sentir que estoy en ese lugar que me hace volver al estado de flow.

Y sobretodo estoy obligándome a recordar la segunda parte del recuerdo, que un mes después fui capaz de bajar mi primera pista negra (y no era precisamente lisa ni perfecta) y ni siquiera pensé en nada más que no fuese bajar.

Así que Paula: de toda pista, por inclinada que la veas, se baja. No solo por pensar que puedes sino porque sabes que tienes las habilidades para hacerlo. 


Siempre he necesitado escribir para entenderme mejor, para recuperarme mejor.  Y ahora, como forma de seguir con este entrenamiento mental que me estoy empezando a hacer a mí misma. Así que abro paréntesis y hablo de mi.

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